Amor propio: ¿Defensa o encuentro?

En el día de San Valentín me encontré con las redes plagadas de mensajes sobre el amor propio. Debo decir que un poco me sorprendí con la abundancia de repetición de este concepto y la falta de pregunta sobre el mismo. Por eso quisiera detenerme y abrir una puerta sobre este tema.

La mayoría de las veces me encuentro con un concepto de amor propio muy relacionado a un mensaje motivacional y voluntarista, que además me termina sonando a individualista. Una reacción defensiva (encubierta) a experiencias de mucho dolor: en el afán de fortalecernos y de dejar de depender de un otro, muchas veces caemos en la trampa defensiva del aislamiento. Tenemos miedo de volver a sentirnos abandonados y sufrir. Nos juzgamos y rechazamos como hicieron con nosotros. Caldo perfecto para el “tengo que amarme a mi mismo para ser amado por un otro”. Palabras que a simple vista suenan muy lindas pero que en el fondo conllevan una exigencia y una condena enorme: Si no consigo amarme, nadie me va a amar.

Creer que somos los conquistadores solitarios de nuestro bienestar es una ilusión. Creer que sólo mereceremos amor el día que podamos amarnos, también. 

Cuando falta amor es porque ahí hay una herida. Herida que se dio en un vínculo. Cuanto más primario el vínculo, más profunda será la herida y más nos afectará en nuestra vida y en nuestra manera de vincularnos. 

Nuestro psiquismo se construye sobre una matriz afectiva y vincular. A diferencia de otros animales, el ser humano cuando nace no sólo necesita condiciones físicas para sobrevivir, sino también afecto, un vínculo de amor.

Cuando los bebés no reciben ese afecto en sus primeros meses de vida, se mueren de lo que se denomina marasmo infantil.

 Las personas necesitamos de los otros para vivir. Somos seres vinculares.

En la infancia dependemos de otros y está bien que así sea, es parte del desarrollo normal y sano. Pero de adultos no está bueno seguir dependiendo así como tampoco llegamos a ser completos en nosotros mismos.

Necesitar y depender, no es lo mismo. Necesitamos de los otros. Creer que no, es subirnos al tren de la omnipotencia que no tiene otro destino más que la absoluta soledad y la estrepitosa caída en la desilusión/impotencia. 

Somos vínculo.

Así como nos herimos en vínculo (en esos repetitivos desentonamientos vinculares a través del juicio, el rechazo, el abandono, la desconfianza, el maltrato, etc), también sanamos en vínculo.

Sanamos la falta de amor a través de un vínculo en donde experimentamos algo que sentimos novedosos y que nos hace bien. Y en la repetición de esa nueva experiencia nuestras neuronas empiezan a inscribir información y memoria nueva. Cuando empezamos a sentirnos mirados, aceptados, registrados, reconocidos y amados por quienes somos, algo empieza a sanar. Aprendemos de a poco a internalizar esa mirada amorosa y a vernos a nosotros mismos a través de ella.

Esto es lo que sucede en los vínculos íntimos de amor sano.

Esto es para muchos terapeutas el profundo sentido y la intención de nuestro trabajo: Construir junto al consultante una nueva forma de vincularse consigo mismo y con el mundo. Habitarse con más amor. 

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